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Xavier Padilla — X. P. (@xavierpadilla) “Es fascinante ver cómo ciertos adecos siguen hablando de Rómulo Betancourt como” — TopicDigg

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Xavier Padilla — X. P.
@xavierpadilla
Historia hispanoamericana, identidad y conciencia. Autor de «El ídolo que devoró a su pueblo».
加入 January 2010
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Es fascinante ver cómo ciertos adecos siguen hablando de Rómulo Betancourt como si hubiese descendido del Sinaí con las tablas de la democracia bajo el brazo, cuando en realidad participó activamente en el derrocamiento de Medina Angarita, probablemente el presidente más civilizado, tolerante y evolutivamente democrático que ha tenido Venezuela. Medina legalizó Acción Democrática, permitió libertades públicas inéditas, suavizó la persecución política y preparaba una transición institucional progresiva en un país todavía marcado por el gomecismo. Incluso muchos adversarios reconocían en él a un hombre prudente y poco inclinado al caudillismo teatral que terminaría contaminando gran parte de la política venezolana posterior.   Y aun así terminó derrocado mediante un golpe cívico-militar organizado precisamente por quienes después serían elevados a la categoría de «padres de la democracia». Una de las grandes tragedias venezolanas nace allí: la idea de que una ruptura violenta puede adquirir legitimidad histórica si viene envuelta en lenguaje redentor. El «golpe bueno». La excepción providencial. La demolición presentada como regeneración nacional. Después vendrían nuevas refundaciones, nuevos salvadores y finalmente el chavismo, que jamás surgió de un vacío.   Por eso resulta extraña esta reconstrucción retrospectiva donde Betancourt aparece convertido en defensor solitario de Occidente frente a una supuesta «extrema derecha» venezolana que prácticamente nunca existió como fuerza estructurada comparable a las europeas o norteamericanas. Necesitan fabricar retrospectivamente ese antagonista para sostener la vieja mitología adeca: Rómulo contra el fascismo, AD contra las sombras autoritarias, Betancourt salvando la democracia continental. Demasiado cine. Demasiada auto mitología republicana.   Venezuela seguía alimentando simultáneamente otra religión civil todavía más poderosa: el bolivarianismo. La República necesitó construir un relato fundacional que justificara la ruptura con el mundo hispánico del que Venezuela había surgido. Para ello hizo falta deformar la memoria histórica: convertir el período hispánico en simple opresión colonial, transformar guerras civiles complejísimas en epopeyas de liberación y elevar a Bolívar a categoría casi sagrada.   La conexión entre adecaje y bolivarianismo resulta mucho más profunda de lo que admiten sus herederos contemporáneos. Acción Democrática jamás destruyó realmente aquel imaginario; lo modernizó y lo adaptó al lenguaje de partido y revolución democrática. Cambiaron las consignas. Permaneció intacta la vieja necesidad venezolana de redentores republicanos.
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En 1958, cuando fue derrocado Pérez Jiménez y Betancourt regresó al país, la Guerra Fría entre USA y la URSS estaba en su clímax, y era el factor determinante para cualquier problema político. Cuba, alineada con la URSS, aterrorizaba al mundo democrático. Betancourt comenzó por colocar a Venezuela del lado occidental y AD demostró que una izquierda democrática y creativa era posible. Esta fórmula betancouriana resultó la única eficaz para derrotar al comunismo que hasta entonces parecía capaz de acabar con el principio occidental de libertades. Estados Unidos, entonces gobernado por estadistas de calidad, vio la utilidad de la fórmula representada en partidos cuyo arquetipo ha sido Acción Democrática. La alianza entre Betancourt y Kennedy derrotó la ofensiva del imperialismo ruso y éste inició su decadencia. Eso dio a la Venezuela betancouriana autoridad para crear la OPEP, que dio caja al milagro económico venezolano frustrado en la generación siguiente. Fue el momento cumbre de Venezuela en toda su Historia.
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